Hay 1.611 especies de insectos comestibles en el planeta y cientos de millones de personas los comen a diario. Pero si solo pensarlo te revuelve el estómago, no es un simple capricho cultural: tu aversión a comer insectos lleva inscrita en tu ADN unos 9.000 años.
Entomofagia: el alimento del futuro que Occidente rechaza
Con la población mundial creciendo y el cambio climático presionando los sistemas alimentarios, científicos y organismos internacionales miran cada vez más a los insectos como fuente de proteína alternativa. La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) los destaca desde hace años como un alimento potencialmente sostenible: criarlos exige menos agua, menos terreno y genera menos emisiones de gases de efecto invernadero que la ganadería tradicional.
Sin embargo, la entomofagia —el consumo de insectos— sigue provocando un rechazo intenso en buena parte de las sociedades occidentales. Lo curioso es que ese asco convive con una realidad global: cientos de millones de personas en Asia, África y América Latina incluyen insectos en su dieta de forma totalmente habitual. La cultura explica parte del fenómeno, pero hasta ahora no se sabía hasta dónde llegaba su origen ni qué otras fuerzas lo habían moldeado.
El rechazo occidental a los insectos no es una moda reciente: es una herencia ecológica y evolutiva que se remonta miles de años atrás.
El sarro dental, una cápsula del tiempo de la dieta
Para responder a esa pregunta, un equipo del Instituto de Biología Evolutiva (IBE), centro conjunto del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, ha tirado de genómica. Los investigadores analizaron 745 muestras de sarro dental —esa placa calcificada que se endurece sobre los dientes— procedentes de humanos anatómicamente modernos con hasta 33.000 años de antigüedad.
El sarro es un archivo sorprendente. A medida que se forma, atrapa y conserva fragmentos de ADN de todo lo que una persona masticó durante su vida: restos de plantas, de animales y, sí, de insectos. Leyendo ese ADN atrapado, los científicos pueden reconstruir la dieta de individuos que vivieron hace decenas de miles de años, mucho más allá de lo que alcanza cualquier hueso o herramienta. Y el mensaje de ese archivo fue claro: los humanos modernos que habitaron el norte de Eurasia no comían insectos de forma regular.
Los neandertales sí comían insectos, y bastante
La sorpresa llegó al comparar con los neandertales. Aunque vivieron en entornos similares a los de los humanos anatómicamente modernos, su sarro dental contenía bastante más ADN de insectos. De hecho, las cantidades detectadas se parecían a las que se encuentran en los chimpancés occidentales, que recurren a los insectos como complemento de su dieta en la sabana, sobre todo en época de sequía, cuando escasean otros alimentos.
Entre los restos genéticos más comunes en el sarro neandertal aparecían dípteros, el grupo de insectos que incluye moscas y mosquitos. El ADN de mosquito era especialmente abundante. Este hallazgo respalda una hipótesis reciente: los neandertales comían con cierta regularidad carroña de animales que contenía larvas de mosca, y es posible que a veces almacenaran los cadáveres en charcas o zonas pantanosas, donde los mosquitos depositan sus huevos.
La genética apunta en la misma dirección. Los genes de quitinasa de los neandertales parecen haber sostenido una digestión de insectos más eficiente, un patrón que también se detectó en el único espécimen denisovano incluido en el análisis. En otras palabras: nuestros parientes evolutivos más cercanos estaban mucho mejor preparados que nosotros para aprovechar un bocado de insecto.
La quitina, el componente del exoesqueleto que nuestros genes ya no digieren tan bien. Imagen ilustrativa.
«La escasa presencia de insectos en la dieta de los euroasiáticos del norte sugiere que la ausencia de entomofagia no se debe solo a factores culturales recientes, sino también a una larga historia ecológica y evolutiva.»
La quitina y los genes que deciden si puedes digerirla
La clave de todo está en la quitina, el principal componente del exoesqueleto de los insectos, esa «armadura» externa que les da rigidez. Para descomponerla, nuestro cuerpo emplea unas enzimas producidas por los genes quitinasa, que actúan en el estómago: la quitinasa ácida (CHIA) y la quitobiasa (CTBS).
Y aquí llega el dato que lo cambia todo. Entre las poblaciones del norte de Eurasia, esos genes presentan mutaciones asociadas a una menor capacidad para digerir los exoesqueletos de los insectos. Es decir, a lo largo de la evolución hemos ido apagando la maquinaria necesaria para aprovecharlos. Ese patrón genético lleva estable unos 9.000 años, y coincide con el auge de la agricultura.
0 de aversión genética a los insectos en el norte de Eurasia
El mecanismo tiene una lógica evolutiva implacable. Cuando una población deja de depender de un alimento, las mutaciones que debilitan su digestión dejan de ser penalizadas por la selección natural y pueden acumularse sin coste aparente. La escasez de insectos en las zonas frías empujó, generación tras generación, hacia un menor aprovechamiento de la quitina: un círculo que se retroalimenta y que acabó convirtiendo la entomofagia en algo extraño, y hasta repulsivo, para nuestros antepasados europeos.
La agricultura, el punto de inflexión
¿Y por qué hace 9.000 años? Porque esa es, precisamente, la época en la que la agricultura empezó a transformar la dieta en Eurasia. Con los cultivos, la alimentación se volvió más predecible y se apoyó cada vez más en cereales y plantas domesticadas; ya no hacía falta recurrir a los insectos como fuente de proteína. La dependencia de los insectos desapareció y, con ella, la presión que mantenía activos los genes encargados de digerirlos.
El resultado es un ejemplo clásico de lo que los biólogos llaman selección relajada: cuando un rasgo deja de ser necesario, las mutaciones que lo erosionan dejan de ser eliminadas y se acumulan en silencio. Nuestro genoma guarda así un registro fósil de decisiones dietéticas tomadas por sociedades que vivieron hace milenios, y que seguimos arrastrando hoy, a la hora de la comida, sin darnos cuenta.
Por qué los trópicos conservaron el gusto por los insectos
El contraste con las poblaciones tropicales es revelador. Cerca del ecuador abundan los insectos sociales —termitas, langostas—, cuya biomasa y diversidad permiten explotarlos de forma sostenible durante todo el año. Esa disponibilidad constante convierte a los insectos en un recurso fiable, y además su consumo contribuye al control natural de plagas. En esas regiones, los genes para digerir quitina se conservaron intactos.
Como explica el investigador principal del estudio, Pablo Librado, más allá de los factores culturales o religiosos, la menor disponibilidad de insectos en las zonas no tropicales pudo ser el factor clave que llevó a abandonar la entomofagia, lo que a su vez redujo nuestra capacidad de digerir los exoesqueletos. La geografía, y no solo la costumbre, habría escrito esta historia.
Del asco ancestral a la comida del futuro
¿Significa todo esto que estamos condenados a rechazar los insectos para siempre? No necesariamente. El procesado industrial cambia la ecuación: la tecnología actual permite aprovechar el valor nutricional de los insectos —convirtiéndolos en harina o aislando su proteína— sin necesidad de que digiramos directamente tanta quitina. Lo que la evolución nos puso difícil, la industria puede volver a hacerlo fácil. Y, si el asco es en parte genético, entenderlo es el primer paso para decidir, con información, si le damos una oportunidad a la entomofagia.
El propio grupo de Genómica de Poblaciones Antiguas que dirige Librado investiga ahora cómo se domestican los insectos, comparando el genoma de insectos de granja con el de ejemplares anteriores a la domesticación conservados en colecciones entomológicas. El objetivo es doble: entender la domesticación animal en general y mejorar la explotación de los insectos, tanto para alimentación animal como para consumo humano.
Hay 1.611 especies de insectos comestibles y la FAO los considera un alimento sostenible.
El sarro dental de 745 individuos muestra que los humanos del norte de Eurasia no comían insectos.
Los neandertales sí lo hacían: su sarro tenía tanto ADN de insectos como el de los chimpancés.
Nuestros genes de quitinasa llevan 9.000 años adaptados a una dieta sin insectos.
¿Es seguro comer insectos?
La FAO los reconoce como alimento potencialmente sostenible y cientos de millones de personas los consumen a diario en todo el mundo. Como con cualquier alimento, la clave está en el origen y el procesado: las especies criadas para consumo humano se producen bajo control sanitario.
¿Qué insectos se consumen más en el mundo?
En las zonas tropicales destacan los insectos sociales, como las termitas y las langostas, cuya abundancia permite explotarlos de forma sostenible durante todo el año. En total, se consideran comestibles 1.611 especies de insectos.
Fuente: Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) — estudio «Genomic evidence for limited entomophagy in ancient Europeans», de Manuel Piñero y Pablo Librado, publicado en Science Advances (2026, vol. 12, nº 23).
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